Roberta se acostaba junto a mi teclado mecánico. A veces estaba tan cerca que, al presionar Tab, rozaba su pelaje blanco, naranja y negro.
Me acompañaba hasta las dos de la mañana mientras terminaba proyectos para mis clientes, entre commits, push y cambios en la rama main. Otras veces caminaba sobre las teclas y dejaba algo como asdbfvdlkgjdfhl. Era su manera de interrumpirme y conseguir unos minutos de mi tiempo.
Tenía solo siete meses cuando murió.
Llegó a mi familia a las cinco semanas de nacida. Era una gatita mestiza, con un rostro que recordaba al de una esfinge. Ya conocíamos a su «abuela gatuna», que había vivido con nosotros; Roberta era la tercera generación de esa familia de gatos.
En ese momento yo vivía con mi gato de cinco años. Quería que se llevaran bien, pero integrarlos fue un desafío: teníamos que separarlos en diferentes habitaciones para que no se pelearan. Ella, aun así, intentaba socializar con cualquier persona o mascota, incluido él, que no la quería ni cerca.
Mi familia vive en dos ciudades distintas y Roberta solía viajar entre ambas. Me daba gusto cuando me visitaba y se quedaba conmigo por las noches. Fue así como me encariñé con ella, aunque dormir no siempre fuera fácil. Era una cachorra inquieta y podía tenerme a las tres de la mañana jugando para que se cansara.
También tenía la costumbre de lamer las cobijas, como si todavía estuviera mamando. Yo intentaba corregirla porque me preocupaba que tragara hilos o cualquier otra cosa. Ella entendía cuando alguien la corregía. Obvio, dejaba de hacerlo unos cinco minutos y luego volvía a empezar.
Así la recuerdo: con ganas de jugar, de acercarse, de estar donde había alguien. Al regresar del trabajo, salía a verme. Cuando estaba frente al computador, subía al escritorio de un brinco imperceptible y elegante para que le dedicara unos minutos.
Después comenzó a respirar con dificultad, dejó de comer y empezó a evitar el contacto. La llevaron al veterinario y recibió medicación. Como no mejoraba, la vio otro. Durante un tiempo volvió a alimentarse y a jugar, aunque todavía le costaba respirar. Pensamos que estaba mejorando.
Unas semanas después, los síntomas regresaron con más fuerza. Tenía el abdomen hinchado y estaba tan delgada que se le podía sentir cada vértebra. Ya no se enrollaba para dormir: se extendía sobre el piso y apenas se levantaba.
La llevamos a un tercer veterinario. Busqué uno con buenas reseñas en Google Maps, intentando encontrar a alguien que pudiera ayudarla. Después de las pruebas, nos explicaron que tenía líquido acumulado en el abdomen y que eso dificultaba su respiración. Su caso era grave.
El veterinario propuso drenar el líquido. Nos advirtió que la intervención era riesgosa, pero era la opción que nos ofrecía para intentar ayudarla a respirar. También nos habló de dormirla.
Me puse a investigar todo lo que pude. Busqué sobre su anatomía, sobre los líquidos que podían acumularse en su cuerpo y sobre los términos que acababa de escuchar. Me sentí tan tonto por no saber lo suficiente para entender qué estaba pasando.
Hice muchas preguntas. Demasiadas, quizá. Como un profesor que interroga a un alumno, buscaba algo que hiciera titubear al veterinario, una respuesta que dejara abierta otra posibilidad. Cuando me pongo en ese modo —modo de «mamón», por cierto—, miro a los ojos, hablo más rápido y subo el tono. En una de esas preguntas vi enojo en sus ojos. Yo seguía intentando encontrar una salida.
Días antes había comprado catnip con la esperanza de tranquilizarla. También lo llevé al veterinario. Era una de esas pequeñas cosas que hacía porque necesitaba sentir que podía ayudarla de alguna manera.
Decidí autorizar la intervención. Era la opción más costosa, pero eso no era lo que me hacía llorar al firmar. Me costaba hablar porque tenía miedo de que no resistiera. Pesaba apenas 2,7 kg y se veía tan frágil. Pensaba en ella junto al teclado y en la posibilidad de no volver a verla salir a recibirme.
Firmé por la noche y regresé a casa esperando una buena noticia para el día siguiente. Suelo repetirme: «Si no tienes el control, siempre espera lo peor». Es una forma de protegerme, de no hacerme ilusiones. Pero esa noche sí tenía esperanza.
No dormí. Fui al trabajo pendiente de la noticia de los veterinarios. Cuando llegó, me dijeron que Roberta había resistido la cirugía, pero había sobrevivido solo unos minutos después.
Me consolaba pensar que, al haber estado bajo anestesia, no había sentido dolor. Aun así, durante los días siguientes no dejé de preguntarme: ¿fue suficiente lo que hice? ¿Y si la hubiera llevado a otro veterinario? ¿Por qué no investigué más? ¿Le fallé a Roberta? ¿Debí llevarla a casa para que estuviera conmigo al final?
Todavía me pregunto si pude haber hecho algo distinto. No tengo una respuesta que cierre todas esas preguntas. En ese momento intenté encontrar una oportunidad para ella, aunque tenía miedo de que no resistiera.
Cremé sus restos. Seguirá cerca de mi computador, donde tantas noches me acompañó, y seguirá viajando conmigo entre las casas que conocía.
Ahora, cuando pienso en ella, también pienso en el tiempo: en las veces que me pidió unos minutos y en lo fácil que es creer que después habrá más.
Si tienes una mascota, ve a verla. Dale unos minutos de tu tiempo.
Adiós, Roberta.
